La región Este registró 459 abortos durante el primer semestre del año 2024
A sus 18 años, casi 19, Mirla (nombre ficticio) se enfrentó a una de las experiencias más traumáticas de su vida. Su relato, revela la complejidad emocional como consecuencia de un aborto.
«Me dio una pastilla para abortar, estoy segura, quien en ese momento era mi pareja», inicia Mirla, recordando el día en que su vida cambió drásticamente.
El día en cuestión, Mirla había acudido a su ginecólogo y se realizó varios estudios, tenía 11 semanas de embarazo. Todo parecía estar bien, y no había señales de que debiera preocuparse. Sin embargo, esa tranquilidad se desmoronó poco después.
«Ese día llegué a casa del médico, tenía mucho sueño y me recosté, era en la tardecita. Recuerdo que tenía alarmas en el celular para tomarme los medicamentos. Al despertar por la alarma, sentí que él (su pareja) ya estaba en la casa. Le llamé para que, por favor, me pasara agua y las pastillas«, relata Mirla, con la voz quebrada.
La habitación estaba a oscuras, la única luz provenía de la sala, donde su pareja se encontraba. El entró con el agua y se acercó al gavetero donde Mirla tenía sus medicamentos organizados. Sin levantar sospecha, tomó las pastillas de su estuche y se las entregó. «Me trajo todas las pastillas, tres específicamente, fuera de su estuche, del blíster. Como era mi pareja, no desconfié. Me tomé las pastillas y volví a recostarme», explica.
Varias horas después, Mirla comenzó a sentir un dolor abdominal insoportable, deseos de evacuar y mareos. «Me paré como pude al baño, porque me sentía muy húmeda en mi parte íntima. Al llegar al baño, vi que había comenzado a manchar», dice, visiblemente afectada por el recuerdo.
Inmediatamente, le avisó a su pareja, quien la llevó rápidamente a la clínica, donde le realizaron un legrado para limpiar su útero.
