Gracias por darme la opinión que no te pedí
La protagonista de nuestros días. La invitada estelar de todos los escenarios. La que llega sin anunciarse y se queda sin permiso: la opinión. A veces deseada, otras tantas no.
No ha existido mejor momento en la historia para opinar. Ella desconoce emisores, horarios, límites geográficos, idiomas o formato de publicación; de todas formas, se hace presente.
La virtud más grande e infravalorada de la opinión es la forma en que resume criterios y léxicos particulares para cederlos a multitudes. Tiene el poder de, entre líneas, dejar ver años de lectura, profundos análisis críticos, corazones nobles e imploraciones francas que tienen a veces como punto de partida la impotencia.
Gran parte de las ideas más memorables y fascinantes que he tenido el placer de leer provienen de artículos de opinión, publicaciones y contenido audiovisual, despertando en mí una inmediata admiración por sus autores.
Opiniones que regalan camaradería, conocimiento, consuelo y curiosidad. Incluso disrupción; muchas veces, disrupción.
¿Cuándo fue la última vez que pidió verdaderamente una opinión a alguien? Basta tan solo un clic o tomar el transporte público para que irrumpa en su vida, para bien o para mal.

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