Los corrillos, los rumores y las trampas de los adolescentes australianos ante la sequía de Instagram y Facebook
Al igual que todos los días, el pasado también amaneció en Sidney. Como de costumbre se sintió la brisa marina, suavizada esta vez por una jornada de calor primaveral. El retumbo del motor de los ferries en la bahía y el traqueteo de los trenes no se silenciaron. Tampoco el murmullo de la gente, ni los pasos a diferentes ritmos. Entre la cotidianeidad de un día cualquiera, para medio millón de personas no fue realmente un día cualquiera.
A las puertas de uno de los institutos de la ciudad se acumulaban los alumnos que iban llegando. Sus vidas eran un poco más complicadas que 24 horas atrás, cuando sus perfiles en Instagram y Facebook aún seguían activos. Pero Meta se adelantó a la entrada en vigor de la normativa el 10 de diciembre. La diferenciación entre los mayores y los menores de 16 años se hizo un poco más palpable. Unos gozan del privilegio de poder acceder a dichas plataformas y los otros quedan con la miel en los labios. Cuando ya podían disfrutar de plataformas digitales con cierta autonomía, les quitan ese derecho. O no.
Desde muy temprano comenzaron a extenderse algunos rumores. Había cierto júbilo entre alumnos que se congratularon porque el reconocimiento facial de Snapchat, una de las 10 plataformas que a partir del miércoles cerrarán los perfiles de los menores de 16 años, no es tan eficiente como desearía el Gobierno australiano o, más bien, las compañías obligadas a pagar casi 28 millones de euros de multa en caso de fracasar sus filtros de acceso. «Que a nadie le extrañe ver más mostachos entre los adolescentes la semana que viene», bromeó un padre. ¿La trampa? Parecer mayores para engañar al sistema.
A estudiar ellos y a trabajar los progenitores. Y a comentar la jugada en la fila del café, en la cocina de sus empresas o en los grupos de WhatsApp. En la vorágine de opiniones sobre el gran tema de conversación, las hay de todos los colores. Los que están totalmente de acuerdo con la Ley de Seguridad en línea, los que no pueden estar más en desacuerdo y los que ni sí del todo, ni no al completo. Y luego los matices repartidos entre todas las perspectivas donde gana por goleada el concepto estrella: la implementación. A partir de ahí, cómo actuar. Los hay cómplices que abren cuentas a sus hijos, otros que les dejan usar las suyas para controlar quién les solicita amistad o con quién hablan o los que agarran el cable que les ha echado el Gobierno de Australia.
«Nos viene muy bien el respaldo del Gobierno. Aunque nosotros tenemos la última palabra, ellos van al colegio, se juntan con sus amigos… y luego nosotros podemos decirles que los sentimos pero que ha sido el Gobierno. Yo creo que a la larga va a venir bien«, destaca Arantza Gil, mientras su hija de 12 años, Leyre, la mira con atención. Hace pocos días que le han cerrado TikTok y no le importa demasiado. «Jugaré más con mis amigas», sostiene.
Liam tiene 14 años de edad y reconoce que su vida cambiará cuando le cierren el único perfil que tiene, el de YouTube. La compañía, que pertenece a Google, avisó el martes a sus usuarios menores de 16 que se prepararen para el cierre. Asegura que hay cierta sensación de desahogo, porque aunque sabe a la perfección que podría pasar horas buceando en estas plataforma, también es consciente de que el contenido «sin sentido» puede resultar «abrumador».
