Sudán: la guerra que destruye una revolución y desafía la conciencia del mundo
Sudán, un país de rica diversidad cultural, étnica y mineral, y una historia marcada por revoluciones populares, enfrenta hoy una de las crisis humanitarias más graves del mundo, con escaso eco en los medios internacionales. La guerra que estalló en abril de 2023 entre las Fuerzas Armadas Sudanesas (FAS), lideradas por el general Abdel Fattah al-Burhan, y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), dirigidas por Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como Hemedti, ha sumido al país en un caos que amenaza con exterminar las aspiraciones democráticas de su pueblo.
Según datos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), hasta octubre de 2025, el conflicto ha causado más de 27.000 muertes, desplazado a 13 millones de personas dentro del país y forzado a casi cuatro millones a huir como refugiados. La reciente masacre en El Fasher, capital de Darfur del Norte, donde las RSF atacaron a civiles, ha exacerbado la situación, dejando un saldo de al menos 2.000 personas ejecutadas en 48 horas.
La cineasta Hind Meddeb, cuya película Sudan, Remember Us se ha exhibido estos días en Casa Árabe, Madrid, documenta la efervescencia de la revolución sudanesa de 2019, que derrocó al dictador Omar al-Bashir tras 30 años de régimen militar e islamista. «Llegué a Sudán en los últimos días de una sentada democrática de 57 días, donde el pueblo ocupó las calles exigiendo una transición democrática real, no solo el reemplazo de un dictador por militares, con una explosión de arte, música, belleza y resistencia», explica Meddeb en una conversación con EL MUNDO.
La producción captura un momento de esperanza, con «poesía que pasa de generación en generación» y «consignas para recordar la condición humana» frente a décadas de represión, en un país donde las mujeres no podían usar pantalones, el velo era obligatorio y los cines estaban cerrados. «La gente solo quiere un Estado civil, ciudadano, no militar, ni islamita, ni religioso», comenta.
La actual lucha, sin embargo, busca aplastar ese espíritu. «El único objetivo de esta guerra es destruir lo que vemos en la película: una sociedad civil creativa, inteligente, con sueños de libertad», dice la periodista y cineasta francesa de origen norteafricano. «Es un verdadero choque entre el bien y el mal. Las milicias contra la esperanza. Porque la gente entiende que el conflicto armado no lleva a ningún lado», señala.
Sudán, con más de 500 etnias y unas 117 lenguas y dialectos, es un crisol cultural donde convergen el mundo árabe y el africano. La revolución de 2019, la tercera tras las de 1964 y 1985, expresó un anhelo de un Estado cívico y secular, resumido en el término árabe madaniya, que significa democracia y poder ciudadano. Sin embargo, la polarización étnica, promovida desde la era de al-Bashir con una ideología que privilegiaba a las tribus árabes sobre las africanas, persiste en el conflicto actual.
«No es una guerra civil, sino una masacre de civiles por fuerzas respaldadas por intereses extranjeros, con el objetivo de saquear recursos como tierras agrícolas, oro y uranio», explica Meddeb.
Informes recientes de Human Rights Watch señalan que las RSF, apoyadas por Emiratos Árabes Unidos, han intensificado ataques contra comunidades africanas en Darfur, utilizando armamento pesado adquirido en mercados internacionales, incluidos proveedores occidentales. Por su parte, las FAS, respaldadas por Egipto y otros actores, también han sido acusadas de violaciones a los derechos humanos. No obstante, el pasado jueves las Fuerzas de Apoyo Rápido aceptaron un «alto el fuego humanitario», propuesto por Estados Unidos, Egipto, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, y han asegurado estar abiertos al diálogo para un posible cese de las hostilidades, aunque el Ejército sudanés no se ha pronunciado al respecto hasta el momento.
El conflicto se alimenta de la riqueza natural de Sudán, que incluye vastas tierras agrícolas y yacimientos minerales, recursos que, según Amnistía Internacional son explotados por potencias extranjeras mientras la población sufre hambruna. La ONU estima que ahora mismo 25 millones de sudaneses, más de la mitad de la población, necesitan asistencia humanitaria urgente.
La comunidad internacional, sin embargo, parece incapaz de actuar. «Con el retorno de Donald Trump, la ONU ha perdido credibilidad, y los intereses económicos de países como Estados Unidos, cercanos a Emiratos, priman sobre detener las masacres», dice Meddeb. La falta de intervención efectiva, sumada a la complicidad de actores externos en el suministro de armas pese a los supuestos embargos, perpetúa un ciclo de violencia que, según el Consejo Noruego para Refugiados, podría convertir a Sudán en el epicentro de la peor crisis de desplazamiento del mundo.
La semana pasada, António Guterres, secretario general de la ONU, desde Qatar, advirtió que el combate en Sudán «se está saliendo de control». «Cientos de miles de civiles están atrapados por este asedio», señaló. «Los crímenes que se están cometiendo son horrendos», resaltó.
La resistencia sudanesa, sin embargo, no se extingue. Comités de resistencia, asociaciones feministas y sindicatos, organizados horizontalmente como en los «cuadernos de quejas y/o peticiones» de la Revolución Francesa, siguen luchando por la paz y la justicia. «La poesía y el arte son el último bastión de resistencia para permanecer humanos frente al caos», añade la cineasta. El pintor Muzamil, uno de los personajes del documental, expresó en una entrevista con Al Jazeera: «pueden matarnos por miles, pero no pueden matar la idea de la libertad». Este mensaje resuena más allá de Sudán, conectando con las luchas de pueblos en Siria, Ucrania o Nicaragua, que enfrentan opresiones similares.
Consecuentemente, el conflicto sudanés, lejos de ser un problema distante, interpela a Europa y al mundo. «Sudán no es pobre; es un país rico saqueado por guerras coloniales, donde potencias como Emiratos, creadas por Occidente, perpetúan la explotación», sentencia Hind. Cambiar la narrativa que reduce a África a un continente necesitado de ayuda humanitaria es crucial para comprender las verdaderas dinámicas de poder. En ese sentido, la proyección de Sudan, Remember Us en la capital española busca «despertar conciencia» sobre un pueblo que, pese a la violencia, sigue soñando con un futuro de libertad y dignidad.
