Trump le pide a Xi que «abra» la economía china y este le reclama «estabilidad» en Taiwán para evitar «conflictos»
La visita oficial de Donald Trump a China, la primera de un presidente estadounidense en nueve años, aspira a afianzar la tregua entre ambas superpotencias, expresada en términos de sintonía personal entre sus respectivos mandatarios. Así lo ha plasmado el primer y más importante acto del viaje: el encuentro bilateral con Xi Jinping.
El líder chino ha ofrecido a su invitado la tradicional recepción militar frente a las escalinatas del Gran Palacio del Pueblo. Durante la ceremonia estos han conversado más de lo acostumbrado, e incluso en reiteradas ocasiones han extendido el brazo para tocarse mutuamente, un extraño gesto físico de cercanía.
Uno y otro se conceden deferencias que no extienden a otros interlocutores, símbolo de un contexto global en el que impera menos el multilateralismo que la fuerza percibida en la contraparte. El régimen, además, ha descubierto que contra Trump se vive muy bien, a quien sus élites consideran un «acelerador de la decadencia política de Estados Unidos» –según un informe reciente del Instituto Chongyang de Estudios Financieros– y, por ende, del auge de China.
